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La inteligencia artificial (IA) se ha integrado en todas las facetas de nuestra vida sin que muchas veces seamos conscientes de ello. Sin embargo, siempre ha existido temor a las consecuencias negativas que puede comportar, entre ellas la posibilidad de que acabe sustituyendo e incluso “dominando” al ser humano.

Es cierto que existen riesgos, aunque los expertos coinciden en que es poco probable que los sistemas de IA puedan igualar las capacidades de los humanos a corto o medio plazo.

Hoy en día, la IA es potencialmente superior a nosotros en procesos cognitivos, en los que se puede definir claramente el problema, el tipo de datos a utilizar y los KPI a alcanzar. Con una gran cantidad de datos, es algo que un simple PC, en ocasiones, puede hacer mejor que un hombre, pero es un proceso limitado, conocido como “IA débil”.

Los seres humanos tenemos una inteligencia general que nos permite poner en un contexto más amplio la información sensorial, resolver problemas de diferentes áreas o desarrollar estrategias de solución, sobre todo en las interacciones con el mundo físico, enormemente complejas para las máquinas, que requieren de una “IA fuerte”. Así que podemos estar tranquilos.

La forma de evitar estos riesgos es la legislación y poner regulaciones a las empresas de todos los sectores. Como ejemplo, se prevé que, en 2025, la IA estará integrada en el 90% de las aplicaciones empresariales (si no lo está ya en un 70%). Pero hay industrias especialmente sensibles, como defensa, sanidad o el sector financiero, que necesitan una mayor regulación.

Los países que lideren la IA marcarán el futuro de la tecnología y mejorarán significativamente la competitividad de su economía, por eso es tan importante encontrar el equilibrio entre el impulso de la evolución para facilitar la vida de las personas y establecer los límites de forma clara a su utilización.

 

 

Cesc Callejas
Equipo de innovación

SAP España

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